Relatos



“Baila, baila”  de Elisabet Jiménez


Para Rober…
Desde pequeño se le iban los pies y casi no levantaba un palmo del suelo. Taconeaba cualquier rumba o copla, que le palmearan al vuelo. Antes de caminar ya bailaba, se deslizaba por el suelo y cada paso era un verso.
Fue creciendo y con él sus aptitudes, sus inquietudes. Sin duda tiene algo, pensaban los mayores,  mientras el rubio les deleitaba con sus danzas inventadas.
Los padres, desorientados creyeron que era pasajero, pero el creció amasando un sueño, ser profesor de danza, pionero en su pueblo y poner a todos a bailar da igual la edad o el sexo.
Y siempre con su alegría, enseñando con esmero, desde el más pequeño a la mayor, sepan o no lo que es un Allegro 
Ahora también la ilusión vendrá de su mano, pues le han encargado ayudar a los Reyes Magos, encarnará a Gaspar  y repartirá sus regalos, con esa sonrisa a la que nos tiene acostumbrados.
Así llegó Rob Times, el profe hip-hopero, a ser icono y representante de un municipio entero.



"Maldita" de Elisabet Jiménez

Tamborileaba con los dedos en la mesa, parecía tocar el piano. La mirada fija. Un mechón totalmente blanco nacía de su frente y caía hacia un lado de la cara, destacando notablemente sobre el pelo negro enmarañado. Los ojos, azul zafiro, denotaban pánico. La tez blanca, solo oscurecida por las prominentes ojeras. Los labios resecos se mantenían apretados en una fina línea. Pese a todo, se intuía su belleza.
No reaccionaba, ni hablaba, ni permitía que la tocaran. Habiéndola conocido antes, en toda su plenitud, era incapaz de mirarla más de unos segundos. ¿Qué la había sumido en ese estado catatónico? Nadie había conseguido sacarle una sola palabra, ni siquiera su nombre. Por eso me llamaron.
Al entrar, ella giró la cabeza clavándome su mirada, como si me estuviera esperando. Levantó la mano pasándola por mi barba de tres días y un escalofrió me recorrió la espina dorsal.
Una serie de terroríficas imágenes en blanco y negro se sucedieron en mi mente como diapositivas, durante esos instantes que ella mantuvo el contacto. Tomé asiento casi mareado.
Habíamos compartido piso en la facultad, nuestros caminos se separaron después de la graduación. Ahora casi una década después verla así me desarmó.
La sala de interrogatorios estaba helada, y ella había regresado a su estado. Estiré una mano para alcanzar la suya y ella instintivamente la retiró, en un gesto seco.
No me miró, solo susurró con una voz grave que no correspondía con su cuerpo.
“No me toques, estoy maldita”







“Olvidé respirar” de Elisabet Jiménez

En ocasiones la vida no pasa, sino que te arrolla.
Y comprendes que no estás viviendo, simplemente respiras.  
Y centrándote en ese instinto básico, intentas continuar.
Y cada bocanada de aire te abrasa.  
Para, piensa, relaja…
Inspiras y las imágenes dejan de desdibujarse, expiras y aparecen los colores.
Una bocanada más y percibimos nuestro entorno.
Poco a poco el mundo vuelve a girar, con todo su esplendor.
Revives de nuevo y sientes que todo irá bien.
Aunque en cada latido tienes la certeza de que algo de ti se quedó en ese aliento.






"Su País de Nunca Jamás" de Elisabet Jiménez


Y cómo es que nunca cambiaron el bombín pese a que los niños entraban y salían a su antojo. Se arremolinaban en la buhardilla montando allí su campamento  para  luego salir a la caza de aventuras. Aunque se caía a pedazos ninguno le temía a los crujidos ni a los ruidos que de ella provenían, podía más la excitación de lo que dentro encontraban que el temor de los rincones oscuros o las maderas desvencijadas. La casa, como ella, se veía ajada y maltrecha, pero nada importaba cuando se sentaba con todos a su alrededor para leerles aquellos viejos libros, era como regresar a su País de Nunca Jamás.   

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